domingo, 14 de septiembre de 2014

Mi cama está helada. Va a juego con mi interior. Y que a mí me caben tantos mordiscos en el cuello como tú quieras darme. Que ya es casi el día siguiente y apenas he cerrado los ojos dos minutos. Me arruina el insomnio que no es en sí realmente insomnio. Es fruto de no aceptar, de querer ir más allá pero quedarme siempre en mi cabeza que enferma y cobarde no se atreve a cruzar la línea. Muchas veces, muchas otras mentes no han podido retroceder y no, eso no siempre es bueno. Avanzar teniendo clara la meta es la clave del éxito, pero quién me dice a mí que lo más importante no es tener siempre presente el origen. Visualizar el premio, materializar tu deseo más profundo sin perderte en las miles de bifurcaciones que surgen a cada paso que das. A pasos, no muy fuertes pero tampoco flojos y siempre con cautela. Pero quién marca el límite entre la precaución y lo descontrolado. El problema de tener demasiado mundo interior es cuando pasas a vivir completamente en él.

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