domingo, 23 de noviembre de 2014

Mañana esto tiene que cambiar (todo tiene que cambiar). Estoy sensible en grado superlativo y sigo prefiriendo mi desgracia a la suya. Siempre la mía antes que la suya. Otro domingo de vuelta a la capital, de nuevo mañana será lunes y quién sabe si esta semana será peor que la anterior. Últimamente cada vez que pienso que he tocado fondo me sorprende la vida. Ya me pongo ante el volante, ya llevo yo el coche pero debería empezar a conducir también otros aspectos de mi vida. Lo cotidiano no cambia y me aporta seguridad: dolor de ojos por llevar las lentillas demasiado tiempo, leche con cereales de cena; a las personas nos definen este tipo de cosas. Y he aprendido hace un par de días dos cosas muy importantes. Más la segunda que la primera, pero querría seguir desconociéndolo. Se me ha pasado incluso una fecha que tengo grabada a fuego en la memoria por tener la cabeza en otro lugar muy, muy lejos. Ha sido un semana rara, desde luego. Nada ha salido según lo planeado y vuelvo al no respirar y a las tilas para dormir. Ahora mismo cualquiera podría hacerme llorar con cualquier puta cosa. Y para acabar este domingo se me ha roto la maleta al salir del tren.

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